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Dietrich Bonhoeffer,
Malcolm X y Aung San Suu Kyi, fueron tres profetas del siglo XX, que se opusieron a la opresión y pagaron con su vida o su libertad un compromiso total por la justicia y la reconciliación. Frente a la tiranía de los nazis, al racismo de los blancos y la dictadura militar,  y gracias a su fe cristiana, musulmana o budista, pudieron actuar a favor de los valores universales. En este siglo XXI, estos mismos gritos resuenan en el mundo, en todo el planeta, porque ya no hay tiempo ni distancias. Los gritos de las mujeres, de los niños, de los hombres, de los pobres, de los que sufren el hambre, de los oprimidos, maltratados, deportados, torturados. A través la voz de los profetas de hoy resuenan también los gritos de la fauna y de la flora en vías de destrucción y de desaparición.

¿Hoy hay muchos gritos que están ahogados? ¿Quién será su voz? ¿Los puedo oír? ¿Quién será este profeta de hoy?

Nuestro celo nos impulsa a ir más allá de nosotros, para que el amor misericordioso se convierta en acción y para mantenernos fieles en nuestro esfuerzo. « El místico no es solamente un estático o un contemplativo: es también, sobre todo, un hombre activo.»


¿Qué nos dice Dios de la Justicia?

En el Antiguo Testamento, el profeta Amós, a través de este oráculo a Israel subraya la justicia de Dios que no está de acuerdo con las acciones de su pueblo, con la corrupción de la justicia, la avidez de los poderosos, la prostitución sagrada. Esto le pone furioso:

« Porque ellos venden al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias, pisotean sobre el polvo de la tierra la cabeza de los débiles y desvían el camino de los humildes; el hijo y el padre tienen relaciones con la misma joven, profanando así mi santo Nombre… beben en la Casa de su Dios el vino confiscado injustamente, ¡Y pensar que yo destruí ante ellos al amorreo, cuya altura era igual a la de los cedros y que era fuerte como las encinas: arranqué su fruto por arriba y sus raíces por debajo!» Amos 2, 6-8

Amos como Isaías (Is 1,11-17) se oponen a la hipocresía religiosa: uno cree que está bien con Dios porque cumple con algunos rituales del culto, despreciando los preceptos fundamentales de la justicia social y del amor al prójimo:

« Yo aborrezco, desprecio sus fiestas, y me repugnan sus asambleas. Cuando ustedes me ofrecen holocaustos, no me complazco en sus ofrendas, ni miro sus sacrificios de terneros cebados. Aleja de mí el bullicio de tus cantos, no quiero oír el sonido de tus arpas » Amos 5,21-23 y en Isaías (1, 15) «porque veo la sangre en sus manos».

Dios ve y escucha la miseria de su pueblo, pero también las acciones de los que pueden ayudarle. Dios alaba sus acciones. Lo que desea sobre todo y lo que le procura una gran alegría es:

« Que el derecho corra como el agua, y la justicia como un torrente inagotable» Amos 5,24

Lo que Dios espera de nosotros es :

« Practicar la justicia, amar la fidelidad y caminar humildemente con tu Dios.» Miqueas 6,8

A lo largo de su vida, Jesús se enfrentó a la miseria de los hombres de su época y a la injusticia. Durante su vida publica, Jesús está en las sinagogas, en las calles de Jerusalén, en las plazas de las ciudades, en los pueblos pequeños, en las granjas aisladas, en el campo.

Llevó a cabo actos concretos de proximidad a los pobres, los excluidos, actos de justicia y de amor:

Un día un leproso se acerca a él y Jesús le toca. La ley decía: «El leproso… llevará los vestidos rasgados e irá despeinado…  tendrá que gritar: « ¡Impuro, impuro!» Todo el tiempo que duren sus llagas, quedará impuro y, siendo impuro, vivirá solo; se quedará fuera del campamento… » Lev 13,45-46. Jesús y el leproso quebrantan esta ley y Jesús, muy conmovido, cura el leproso. Al curarle Jesús le devuelve a una vida social y al mandarle a los sacerdotes le devuelve una relación con Dios. Le incluye otra vez en la sociedad, en la vida de Dios. Jesús pone en práctica una justicia de inclusión que encanta al corazón de Dios.

Después de escuchar lo que Dios nos dice, escuchamos a la Iglesia:

«Las dimensiones personales y sociales de la fe son inseparables. El compromiso por la justicia social es una manera concreta de dar manos y pies a nuestra fe y a nuestro amor, y de manifestar  «la esperanza cristiana en el mundo entero. »


Santa María Eufrasia manifestó toda su vida la importancia y el amor de la dignidad de la persona humana: para ella y para SJE « una alma vale más que un mundo » «sea cual sea el color de sus lágrimas, son siempre muy amargas» solía decir. Hizo todo lo posible para que las mujeres estén « de pie » y se vuelvan mujeres responsables integradas en la sociedad.

Siguiendo sus pasos y viviendo en fidelidad creativa, las hermanas del Buen Pastor declararon:

« Nos comprometemos... a responder a las angustias del mundo que nos llama a los márgenes... a tomar medidas audaces en la utilización de nuestros recursos internacionales, de las redes y… obrar con celo a favor de las mujeres y de los niños »


Y las hermanas de Nuestra Señora de Caridad:

«…Utilizar nuestra voz colectiva para denunciar las estructuras injustas que excluyen las personas y los grupos. »


En la reflexión siguiente veremos la justicia de inclusión a nivel de nuestro planeta en relación con paz planetaria y de la solidaridad.

Después de contemplar el Padre, Jesús, San Juan Eudes, Santa María Eufrasia y otras personas que nos animan:

¿Siento que mi experiencia a nivel de Justicia-inclusión es parecida a la suya? ¿Que conversiones tengo que hacer?

Soy llamada a entregarme a Jesús para el trabajo de liberación de los agobiados, los  oprimidos…

Para encontrar las palabras y los actos apropiados para decirles que son amados por Dios, tal como ellos son.

Estoy también llamada a recibir misericordia de ellos.
                                                                 





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