Hospitalidad - OL- GS Carisma

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Los diccionarios hablan de hospitalidad como, la virtud que se ejercita con peregrinos, menesterosos y desvalidos, recogiéndolos y prestándoles la debida asistencia en sus necesidades.
O bien, es la buena acogida y recibimiento que se hace a los extranjeros o visitantes. Sin embargo, creemos que ser hospitalarios va todavía más allá. Es una acción continua de tener el corazón abierto; es estar dispuestas/os a recibir a quien llega, o incluso salir a su encuentro. Esto podemos meditarlo en la figura de Abraham cuando lo visitan los tres enviados de Yahvé (Gn 18,2-5). El texto dice que, "Inmediatamente acudió desde la entrada de la tienda a recibirlos y les dijo: «Señor mío, si he caído en gracia, no pases de largo cerca de tu servidor. Que traigan un poco de agua, se lavan los pies y se recuestan bajo este árbol... que para esto han acertado a pasar a la vera de este servidor suyo.»

Estar dispuestas/os a recibir a las/os otros es una acción que requiere la totalidad de la persona, su cuerpo, con expresiones y gestos de acogida; su mente, para ensanchar el pensamiento e incluirla como parte de la casa, de la familia y hasta de la propia vida. Sin embargo, es el corazón  el que mueve cualquier expresión y gesto de inclusión.

En su teología del corazón, San Juan Eudes, habla de él como un lugar para albergar. Por eso, elogia el corazón de María  que se hizo morada "florida" para Jesús,
permitiendo que su hijo sea todo en ella. Así mismo en su libro "Vida y Reino", Juan Eudes insiste en invitarnos a acoger, formar y hacer vivir a Jesús dentro de nosotras/os.

Cuando acoges a alguien ¿cómo lo haces, cuáles son tus expresiones?
¿Te permites acoger desde el corazón?
¿Qué te inspira la actitud de Abraham?

En el mundo hay muchos testimonios de mujeres y hombres con experiencias impresionantes de hospitalidad y acogida. Quizás te ha tocado conocer alguno, o incluso haberlo realizado tú misma/o.  

En lo cotidiano de la vida hay un caso de hermosa acogida que surge con fluidez y naturalidad, es el caso de una mujer embarazada. Respetamos la experiencia de miles de mujeres embarazadas por circunstancias violentas y dolorosas. Fuera de estos casos, en la mujer encinta, acontece un bello proceso de convertirse en un espacio abierto y acogedor, en una casa donde su bebé puede crecer. Cuando su bebé no es bienvenido, esto dificulta gravemente su desarrollo. Sin embargo, cuando es bienvenido, podemos contemplar un proceso de ensanchar la integridad de su ser. Su corazón, sus pensamientos se abren a nuevas maneras de ser y de expresarse.

La hospitalidad está en el corazón del Antiguo y Nuevo Testamentos.  Hay una gran diversidad de textos que nos revelan a Dios y su forma de ser hospitalario.  "En sus moradas hasta el gorrión ha encontrado una casa, la golondrina un nido donde colocar sus polluelos" (Salmo 84,4). Toda la creación es el espacio que Dios Creador construyó para acogernos; es la casa que nos contiene y nos recibe, que nos acoge y donde podemos desplegarnos en la acogida.

La hospitalidad implica reciprocidad y se caracteriza por una bondad sincera entre aquellos que se encuentran. Lo que cuenta es estar juntos en la gratuidad, dedicar tiempo y, más aún, comprometerse en una acción cordial y generosa. Incluye voluntad de escuchar las necesidades del mundo, para reconocer el amor preferencial por los pobres y los extranjeros, y mantener una actitud abierta que se caracteriza por la atención, la humildad, la amabilidad, la disposición para encontrar al otro y dejarse encontrar.  

Jesús es identificado como anfitrión y huésped. Podemos descubrir en él a un hombre que se hace espacio de acogida constante: Vengan a mí los fatigados y sobrecargados (Mt, 11,28). Su templo para orar a su Padre, era toda la tierra y a este templo todos tienen acceso (Lc 6, 12).  Pero al mismo tiempo,  Jesús es  un caminante y peregrino  que depende de la hospitalidad de otros: "El Hijo del Hombre no tiene donde recostar su cabeza" (Mt 8,20). Es invitado a comer (Lc 7,36). Es acogido en las casas (Luc 10,38). Y también se arriesgó a no ser acogido (Marcos 6, 1-4).

Jesús, en sus predicaciones y actos nos comunica la certeza de que Dios nunca nos abandonará, siempre nos dará cobijo y protección, para ello, él está preparándonos un lugar en la casa de su Padre, donde hay muchas moradas para todos. Y si Dios está en toda su creación, entonces todo el cosmos es su casa y nuestra casa. Esta tierra es de todos, es mi espacio y también espacio del que llega.

Ser hospitalarias/os es estar dispuestas/os a ensanchar el corazón para visibilizar e incluir también a aquellos que no están cerca, haciendo de mí y del lugar donde estoy un espacio de y para todos. Si nos reconocemos capaces de dar y recibir al estilo de Dios, fortalecemos nuestra relación con él, crecemos en el amor a nosotros/as mismos, en los círculos de relación y en el sentido de comunidad.

Lo que más llama la atención de SME, era su atención a las necesidades de todos: hermanas, jóvenes, vecinos, obreros de la casa, bienhechores, personas de caridad, eclesiásticos, extranjeros… Citemos solamente un testimonio: "… La sierva de Dios me hablaba a menudo del Buen Dios.  Nunca terminaré de decir todo el bien que me hizo; la amaba como una madre… Era muy buena con los trabajadores y los pobres. Era muy justa y al pagar se mostraba generosa… Siempre hacía servir algo a las personas que trabajaban para la casa… Se interesaba por mi familia, mis hijos...


Pero también ella se dejó acoger: "Mme Kinet es para nosotras un rico tesoro, es la mejor de las madres, ella lo será también para la bella fundación de Bruselas. Sin duda, es necesario que esta digna madre se ocupe de esta gran obra. Le pedimos que haga el viaje y lo vea todo por ella misma…"


Puedes leer Ez 34, 11-16. Déjate acoger por el amor de Dios.

Qué puedes hacer para tejer contactos humanizadores y decirle al mundo, que Dios está aquí y ahora, escuchando sus clamores?





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